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Francisco Zarco, momificado

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  • No escribas como periodista lo que no puedas sostener como hombre

    Por: Julin Andrade Jard Pgs: 4 y 5

    Francisco Zarco, momificado

    ComunicanteComunicanteComunicanteVIERNES 04 DE DICIEMBRE DE 2015 SUPLEMENTO CULTURAL 57

    Museo de la Ciudad 450, espejo de la cultura popular

    Al transitar por cada una de sus 15 salas, se descubren las

    tradiciones, personajes y sucesos histricos que han

    dado identidad al duranguense

    El misterio del entierro de MozartFue transportado su cuerpo en un atad reutilizable? Sus restos se encuentran en una fosa comn?Eso es lo que afirma el mito en torno al genio de vida breve, tan breve que no lleg ni a los 36

    Ricardo Bonilla Pgs. 6 y 7 Mara Santacecilia Pg. 8

  • VIERNES 04 DE DICIEMBRE DE 2015

    Editor / Ricardo Bonilla Diseo / Grupo Editorial HADEC

    2

    El 4 de diciembre de 1860, Jurez publica la Ley sobre Libertad de Cultos, cuyo artculo primero dice: Las leyes protegen el ejercicio del culto catlico y de los dems que se establezcan en el pas, como la expresin y efecto de la libertad religiosa, que siendo un derecho natural del hombre, no tiene ni puede tener ms lmites que el derecho de tercero y las exigencias del orden pblico. Al final, junto a su firma, aparecen las palabras: Dios y libertad.

    Juan Jos Arreola se va volando

    (Muri el 4 de diciembre de 1993).

    La mente es como un paracadas. No funciona

    si no est abierta, Frank Zappa.

    Primero una distincin inofensiva entre talento y genio. Si demuestras un teorema siguiendo pasos conjeturables, tienes talento. El talento es amable, clido, esforzado, metdico (se cultiva o no), y da gusto siempre. Si demuestras un teorema asociando cosas distantes y aparentemente aisladas, por caminos raros, saltndote pasos, tienes genio.Porque el genio se caracteriza no por ser mejor que el talento, sino solo por ser aparentemen-te inexplicable. Decir genio es decir camino inexplicable.

    Nada ms, y nada menos. Por eso el genio es brusco, inasible, desordenado, se da o no se da (no se puede cultivar), y produ-ce asombro. El talento es sli-do, confiable; el genio es frgil, inesperado, impredecible.En este sentido, de cosa repen-tina, ingobernable y misteriosa, decimos que Juan Jos Arreola tena genio verbal. No mero talento, algo diferente; no mera habilidad, sino capacidad enig-mtica, don milagroso. Porque en la amistad y extrema familia-ridad de Arreola con las palabras (aparecida desde su infancia, cuando era Juanito el Recitador)

    impresionaba no solo la manera de elegirlas, sino lo mismo, y a veces ms, el modo de articu-larlas, esto es, la presentacin fsica, histrinica y modulada que haca de las diferentes voces elegidas. Arreola era un catador de voces. l nos ense a discriminar textos paladeando palabras.A veces miraba a Arreola y me quedaba pensando. Pensaba en su misterio. Toda persona es misteriosa, pero Arreola, por sus dones prodigiosos, me pareca ms enigmtico. Y un da le dije que no me costaba imaginarlo buhonero, abogado

    litigante, brujo, orador de pla-zuela, mago de feria, Pierrot en la Comedia del Arte, vendedor elocuente de telas y encajes, carpintero, sastre... pero que no habra sido acertado, por ejemplo, lanzarlo a una carrera poltica y elevarlo a presidente de Mxico. Se rio de la posi-bilidad. Tampoco lo puedo imaginar gerente de un banco, ni gerente de nada, la verdad: ni siquiera director general u oficial mayor en alguna parte, ni lder sindical ni carcelero... (Hugo Hiriart; Letras Libres, enero de 2002. Arreola muri el 3 de diciembre de 2001).

    Noms por hablar de algo...La Efemride

    El 4 de diciembre de 1914, Francisco Villa y Emiliano Zapata firman el Pacto de Xochimilco, con lo que se consolida la alianza entre ambos lderes revolucionarios.

  • VIERNES 04 DE DICIEMBRE DE 2015

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    Satn y SedaLa higuera del patio y un mayate volador

    Por: Nadia Bracho

    Fue entrar a la cocina y verlos en un plato. Estaban acomodados de pan-cita, para que la redondez de su fru-to provocara un antojo inmediato. Eran de color morado, turgente, brillante e incitante y, como buena novata, de in-mediato me acerqu el plato con los ricos frutos.

    Los toqu con el dedo ndice, en ellos palpitaba an la vida. No se movan, sin embargo, en mi cabeza se fueron desta-pando uno a uno los recuerdos mientras mi dedo los mova esperanzada. Esperan-zada? Esa era la sensacin correcta porque de pronto record la higuera de la casa de Isauro Venzor 127 Poniente, la casa de mi abuelito. Al abrirse, la puerta blanca de madera era el marco perfecto para la hi-guera que asomaba en medio del patio.

    Su tronco no era grueso sino ms bien delgado para que una nia de ocho aos lo abrazara y pusiera la mejilla en su ru-gosa superficie. Y, como era un rbol que se respetara, tena dos bifurcaciones para de ah comenzar la aventura de quienes poda subir a l.

    La ms fuerte de las ramas sostena una soga gruesa y, con solo poner un co-jn, era el mejor columpio, y era tambin escuchar crujir sus ramas; era el aviso de que se poda lle-gar ms arriba y el desafo era alcan-zar las hojas ms altas con una mano. Pero la otra tena los frutos ms gordos, sus higos eran blancos y como fueron los primeros que conoc, pensaba que todos deban ser as. Por eso, aquellos higos morados fueron parte de la experiencia de saber que el mundo es grande, como la variedad de los higos.

    La primera vez que pude treparme me detuve en la bifurcacin, con el cora-zn latiendo con fuerza, sintiendo que el mundo, por lo menos mi mundo, estaba a mis pies... a escasos 90 centmetros del

    suelo y como a mil aos luz del cielo.

    Meditaba en tan grandes profundidades cuando un mayate pas volando y se me peg a la ropa, igual que yo a la rama en la que estaba trepada. Entre los dos se form

    una tcita conviven-cia, ramos dos lo que compartamos la som-bra de la higuera.

    Una vez habitua-da a la altura y a sentir los rayos del sol en el rostro, busqu como recompensa un higo. Tena que ser especial ya que sera el primero que iba arrancar de ese rbol y, por qu no decirlo, el primer higo de mi vida as como el primer rbol al que trepaba en el espacio de mis ocho aos, desde que una enfermera me depositara en el cuarto de cuneros, aguardan-do a ser identificada por aque-llos que me haban esperado por nueve meses.

    Haba uno, lo alcanc a ver: colgaba solitario, como privilegiado entre todos los dems. La empata fue inme-diata. Sola, responsable de mis ac-ciones, sin que nadie me observara para darme indicaciones, estaba donde quera es-

    tar... trepada en aquella higuera, en la cima del mundo.

    l estaba dos ra-mas a la izquierda, quitando algunas ho-

    jas que el quebrarse dejaron salir gotitas blanca, savia que alimentaban los frutos. Por eso es que deca que el higo se alimen-taba de leche como todos los nios.

    Pero tambin estaba l, el mayate, que luego de los cinco minutos desde nuestra coincidencia en la higuera saba ya leer mis pen-samientos, por lo que fue a po-sarse sobre el higo descubierto desde mi atalaya; la

    hacerlo, camin con pereza, como animn-dome a que siguiera adelante. Mi mano casi lo tocaba, poda incluso verlo balancendose hacia mis dedos.

    Era el estado perfecto de la esperanza casi recompensada, era la generosidad de la naturaleza que se pona al alcance de mi mano, pero... En medio de ese estado ilumi-nado, del instante detenido, el mayate abri sus alas y se elev, rumbo al cielo, o eso cre porque el Sol no me dej ver su trayectoria,

    pero mi odo escuch al tiempo que mis pies sintieron el crujir de ramas

    y ese como flotar en el vaco; y todo se vino abajo. Un higo, hojas arrancadas, blanca savia en gotas como de sangre inocente, y una

    nia de suter azul, postrada al pie de la higuera, en medio del fro de

    los mosaicos del piso.Sin embargo, noventa centmetros fue-ron como la nada: mis manos haban

    atrapado el higo perfecto. Mi cuerpo, lleno de moretones y de urticaria por el contacto con la blanca savia de aquellas hojas desprendidas, era la

    historia jams contada de mi primera batalla, la historia de un higo entre to-

    dos... y mi aventura primera. Ahora, frente a la mesa, tom uno y, sin

    quitarle la cscara siquiera, lo llev a mi boca, paladeando la victoria del fuerte, el vencedor sobre el vencido, el conquistador sobre el con-quistado. Pero no hubo el instante iluminado por la recompensa y la generosidad, era solo un acto reflejo de antojo, y nada ms.

    Por eso es que en esta historia solo hay un h-roe: el mayate que supo de mi victoria, que reco-noci mi esperanza y me dio la primera leccin de la fragili-dad hu-mana.

    En la parte ms alta de la higuera estaba l, perfecto

    entre los dems

    En esta historia solo hay un hroe

    Con ocho aos tan solo, l me dio la primera leccin acerca de la fragilidad humana

    Hay sucesos que, con el correr de los aos, estn ms presentes que nunca

  • 4VIERNES 04 DE DICIEMBRE DE 2015

    Francisco Zarco, momificadoFrancisco Zarco prefiri el exilio a las coqueteras

    y chantajes del Imperio

    No escribas como periodista lo que no puedas sostener como hombre

    Por Julin Andrade Jard

    EL LABORATORIO DE EGIPTOPierre Nand haba llegado a Mxico con la sorpresa de las rutas martimas y la contunden-cia de los cientficos franceses. Del tiempo que va de su infancia, en Puerto Prncipe, al da de la graduacin en alguna escuela perdida de Marsella, poco sabemos. Te-nemos datos, en cambio, de su amistad con Felipe Sn-chez Sols, diputado del Estado de Mxico, secretario de la Suprema Corte, hombre cercano al presidente Jurez, famoso por duelos y escndalos en los pocos antros que sobrevivan a la recin estrenada y por ello tormentosa vida independiente.

    Nand le deba a Surez su trabajo como mdico forense y su exilio, precipitado por acometimientos de aque