para conocernos y conocerle, para aprender a 2016/06/01  · para conocernos y conocerle,...

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  • Para conocernos y conocerle,

    para aprender a amarle…

    PRIMERAS MORADAS

    “Alma, buscarte has en Mí, y a Mí buscarme has en ti.”

    Con estas palabras nos recibe el Señor este día. Palabras que Teresa ha escuchado en lo secreto de su corazón y que también nosotras podemos escuchar si abrimos la puerta, y entramos con Él en la “casa” que siempre habita.

    Somos invitadas a vivir un día más intensamente atentas a la PRESENCIA que nos acompaña siempre y de la que tenemos “noticia oscura y amorosa” (San Juan de la Cruz) En alguna medida esto es orar:

    “Estar con Quien sabemos nos ama”, pero de una manera:

    permaneciendo atentas, percibiendo su presencia, acogiendo su amistad, recibiendo su Vida, avivando la fe, la esperanza y el amor…

    No se trata de pensar mucho sino de amar mucho. Y así nos

    disponemos para buscar y encontrar lo que nos despierte a amar, entendiendo también qué es amar “que no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios”

    1. Me dispongo

    Me doy tiempo para silenciar mi ser entero, despertar los sentidos

    internos y la fe… RECONOZCO que no sé orar como conviene pero el Espíritu ESTÁ

    en mí y ora con gemidos inefables... Yo bajo1 a mi centro a encontrarle. Él me susurra y me “in-voca”: 1 Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa

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    “Estoy en ti, ven más adentro… soy tu huésped interior, tu descanso… la Fuente que enriquece tus raíces, la Luz que enciende tu noche, quien te da fuerza en el desaliento. Gozo que enjuga tus lágrimas, tu consuelo, tu cimiento. ¡Ven más adentro! Soy Silencio y soy Palabra, soy Casa, Lugar de encuentro… soy el Amigo del alma, tu Dios, tu Fuerza, tu Aliento… Entra, baja… más adentro…

    2. De la mano de Teresa

    El texto de las primeras Moradas nos lleva a hacernos tres

    preguntas: ¿Quién soy yo, quién es Él y cómo me comunico con Él?

    2.1. ¿Quién soy yo, Señor? En las I Moradas Teresa nos hace una fuerte llamada a vivir con

    Dios. Y abre la redacción del texto invitándonos a conocer quiénes somos para que Dios quiera hacernos sus interlocutores, sus amigos.

    “¿Qué es el hombre para que Tú, Dios mío, te acuerdes de Él?” ¿Quién soy yo para que Tú, mi Señor, vengas a regalarte conmigo?

    Cuando Enrique de Ossó nos habla de la importancia de conocernos y conocerle está sentando las bases para que se dé un auténtico encuentro interpersonal. En todas las Moradas estará presente ese CONOCERME y CONOCERLE, pero Teresa insistirá de manera especial en esta primera morada en la grandeza del ser humano y también en su miseria cuando desconoce o se incapacita para vivir lo que ES. Teresa insiste en la capacidad que nos ha dado nuestro Dios para conocerle, reconocerle en nuestro interior y amarle. Y también nos avisará del peligro que tenemos de vivir ajenas a Dios y a la realidad, encerradas en nuestro egoísmo.

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    Si queremos orar tenemos que acostumbrarnos a relacionarnos con los demás y nosotras mismas desde la escucha atenta. Aunque sea de noche, tendremos que caminar hacia nuestro corazón, guiadas por la sed de vivir más conscientemente la vida.

    Teresa nos convoca a entrar dentro de nosotras mismas. Y propone un camino para llegar al corazón: reconocer “la hermosura y dignidad de nuestras almas”. Allí nos encontramos con el huésped que siempre nos habita y nos enseña a SER.

    “Considerar mi alma como un castillo, todo de diamante o muy claro cristal… Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues Él mismo dice que nos crió a su imagen y semejanza.

    Pues si esto es, como lo es, no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo; porque puesto que hay la diferencia de él a Dios que del Criador a la criatura, pues es criatura, basta decir Su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del ánima.

    Pues consideremos que este castillo tiene como he dicho muchas moradas, unas en lo alto, otras en lo bajo, otras a los lados; y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma. (1,1-3a)

     Reconozco que mis ojos no son el único criterio para saber quién soy. La fe ilumina mi misterio. Me miro en las manos de Dios-artesano que va haciendo su obra con un amor que no puedo abarcar ni entender por mucho que mi inteligencia se esfuerce. Lo más mío es lo que he recibido. Él es mi verdad más honda.

     Me recibo de sus manos de Padre y escucho su Palabra: “Tú eres mi hija, en ti me deleito” (Lc.3,21) “El reino de Dios está dentro de ti” (Lc. 17,21) “Yo, el Señor, te llamé según mi plan salvador, te tomé de la mano, te formé…” (Is,45,6)

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     Y me escucho dentro como el eco de Dios:

    “El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre” (Is. 49,1a)

     ¿Me vivo como imagen de Dios? ¿En qué pongo mi identidad: en la inteligencia, en el trabajo, en lo que soy? ¿Ha ido cambiando la conciencia de mi identidad y va siendo cada vez más real, menos aparente, más firme, humilde…?

     Miro las distintas dimensiones de mi persona: mi identidad, mi físico (con sus limitaciones y enfermedades), mi trabajo, mis relaciones, mi corazón, mi propio misterio… Descubro lo que me hace valiosa y a QUIEN me hace valer dándome el ser. Reconozco que la capacidad de amar es lo más importante que hay en mí. Me contemplo a mí misma como una habitación con luces y sombras, pero me abro a la luz que me da la verdadera libertad de hija. Dejo también aflorar lo más débil y vulnerable en medio de la riqueza que poseo. Dios me ama con todo, tal como soy.

    2.2 ¿Qué me impide entrar dentro de mí?

    “Hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas exteriores,

    que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí” (Moradas 1,1,6).

    “No es pequeña lástima y confusión que, por nuestra culpa, no entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos. ¿No sería gran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es, y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra? Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es mayor la que hay en nosotras cuando no procuramos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos, y así a bulto, porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos alma. Mas qué bienes puede haber en esta alma o quién está dentro en esta alma o el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos; y así se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura: todo se nos va en la grosería del engaste o cerca de este castillo, que son estos cuerpos.” (1,2)

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    Y así en varios números de este primer y segundo capítulo nos habla de “almas tullidas… metidas en el mundo aun con buenos deseos… con mil negocios y asidas a ellos… no atinan con “la puerta”,… entran dentro alguna vez con las sabandijas y no pueden sosegar…” Es la ausencia de luz y de vida, enredo en las cosas y en nosotras mismas cuando nos apropiamos de lo que hacemos con “apariencia de bien”. Ella nos dirá en 2, 1-2 que el bien que no nace de las Fuentes de Vida (Dios en nosotros) carece de autenticidad.

    Algunas señales nos avisan del peligro de vivir en las cosas exteriores que dice Teresa. Descubrirlas nos ayuda a hacer verdad.

    * Nos daña vivir deshabitadas de nosotras mismas, sin enterarnos de

    la vida que discurre y que vivimos. Ajenas a la realidad, centradas en las necesidades personales... con el peligro de vivir llenas de nosotras y de nuestra codicia. ¿Reconozco mis “hambres” y mis codicias?

    * Esclavizadas por un activismo arrollador que no encuentra tiempo

    para detenerse y preguntarse: ¿qué o quién me motiva para vivir?, ¿qué me llena y me da vida?, ¿qué me bloquea y deprime? Cuando vaciamos la vida de significado, tendemos a llenarla de actividades. ¿Me doy tiempo para encontrar en mí misma el alimento que da sentido a mi actividad?

    * Desconfiamos de nuestra valía. Cuando desconfiamos de nosotras

    mismas y dudamos de si somos queribles, cuando creemos que nuestras habilidades para vivir son insuficientes, es fácil que nos encontremos ante situaciones que nos superan. ¿Vivo necesitando recibir de fuera lo que no encuentro dentro? ¿Necesito ocultar mi vulnerabilidad y mis limitaciones? Sentirnos queridas por Dios y capaces de amar y servir es uno de los mejores antídotos contra el vacío.

    * Por último, también nos hace daño una percepción distorsionada de las situaciones. El pacto o la conversación con los pensamientos negativos: la capacidad para